CRÓNICA| La libertad para recluso llegó un día después de su muerte

Foto: Corresponsalía Lara.

Privado de libertad muere por tuberculosis y con desnutrición severa un día después le llegó la boleta de excarcelación

Yorbi José Escalona Uranga, de 29 años de edad, pesaba 75 kilos hace un año y 10 meses cuando fue detenido por una comisión de la Policía del estado Lara robando un teléfono celular y murió con 40 kilos menos. Lo velaron sellado, así lo pidió él, no quería que nadie se burlara porque en cuatro meses la tuberculosis y una desnutrición severa que padecía, consumió su cuerpo y su vida.

Un día después de su muerte, el Tribunal de Ejecución que llevaba su causa emitió la boleta de excarcelación para su libertad plena, la otorgaban como una medida humanitaria, misma que no llegó cuando sus familiares la clamaban y hoy lloran y exigen que otras madres no pasen por ese mismo sufrimiento.

Saida y Ana Milexa Uranga, madre y tía de Yorbi.

Saida y Ana Milexa Uranga, ambas hermanas, fueron quienes padecieron la enfermedad de Yorbi, la primera su madre biológica y la segunda su tía, pero quien lo quería como un hijo, ella participó en su crianza y también la llamaba mamá, su amor la había hecho que se lo ganara. Ambas mujeres ya sabían lo que era “guerrear una cana”, es que Yorbi quien era el tercero de cuatro hermanos, estuvo en el Centro Penitenciario Los Llanos conocido como Cepella, por siete años, al haber perpetrado un robo. Salió en libertad en el 2016 con un benefició pero a los cuatro meses, en el mes de julio, fue detenido por Polilara.

Al joven lo enviaron a la comisaría de Barrio Unión, allí permanecía con varios reclusos en una celda. Su familia era puntual al momento de llevarle la comida porque estaba ubicada a unas cuadras de su hogar. Tres meses pasaron y en el mes de octubre de 2016 Yorbi comenzó a presentar unas fiebres fuertes, dolores de cabeza y en su cuerpo.

Un primer escrito fue enviado al Juez de Control 1 solicitando su traslado para un centro asistencial y ser evaluado, nunca se dio, pero tampoco le permitían pasar las pastillas de acetaminofén que le llevaban para calmar las fiebres. El muchacho, quien había sido testigo de muchas “cosas feas” en la cárcel del Cepella, también le tocó ver en noviembre cómo mataban a uno de sus compañeros y se comían parte de sus restos. Se comunicaba con su familia a través de escritos; enviaba mucho a la calle, se las ideaba, en ella pedía comida, dinero para pagar algún cigarrillo o hasta el servicio de la basura, siempre decía que debía ser sin falta para no meterse en “líos”.

Carta enviada por Yorbi a su mamá.

En el 2017, Yorbi fue trasladado para la comisaría de Andrés Eloy Blanco, ubicada al oeste de Barquisimeto donde permaneció varios meses conviviendo con más de 80 personas en una celda, cuando le tocó su audiencia de presentación admitió los hechos y fue condenado a 11 años de prisión. A pesar que la situación del país ya pegaba, sus familiares sin falta estaban en las fueras del recinto policial con la comida, nunca faltaba, pero según les comentaba el propio joven no toda le llegaba, cuando era buena no se la pasaban, en esos días todos compartían y comían de un solo plato, pues eran más los compañeros que no les llevaban comida que los que sí, por ello Yorbi fue rebajando de forma considerable.

Madre y tía comentan que lo comenzaron a ver bastante flaco. Se hinchaba, comenzó a deteriorarse su salud y por más escritos que metían ante los tribunales no lograban nada. Desde el mes de diciembre del 2017, fue empeorando ya para el 2018 había momentos que se ponía como un “monstruo” de lo hinchado, recuerda su mamá.

Rechazado por enfermedad

Ya para abril de este año Yorbi estaba mal, lo sacaron al ambulatorio de La Carucieña y es trasladado al Hospital Central Antonio María Pineda de Barquisimeto, allí fue recibido más no atendido, no había un neumonólogo y ya tenía dificultad para respirar, además de secreciones. Fue devuelto a la comisaría. Su madre se fue un domingo para el Hospital Luis Gómez López pasó la noche y amaneció para el lunes tomar un número y conseguir que su hijo fuera visto. La consulta fue el martes 16 de abril, lo trasladaron en una moto porque no había patrulla, le hicieron la prueba de esputo, la cual resultó positiva, tenía tuberculosis, para el momento había rebajado 33 kilos. Yorvi pesaba 42 kilos, padecía además de retención de líquidos, tenía una desnutrición severa y tenía escabiosis, en el momento debieron hospitalizarlo, pero no lo hicieron.

El joven fue devuelto a Andrés Eloy y fue rechazado por los presos, fue enviado a la comandancia general, conocida como la 30, no fue recibido por los funcionarios y finalmente fue trasladado hasta los Cerrajones. Tan solo dos semanas estuvo en dicha comandancia porque fue desalojada, Yorbi debía ser trasladado una vez más, otra vez cayó en Andrés Eloy lugar donde ya lo habían corrido, dos días permaneció y la comisaría de La Carucieña fue su nuevo recinto, los compañeros lo querían lejos de ellos para que no los contagiaran por lo que lo aislaron, metiéndolo en un solo cuarto. El muchacho lloraba porque veía que todos le tenían asco, su madre lo alentaba le decía que no se preocupara que allí estaban ellas.

Familia pagó con él su condena

En la estadía de Yorbi en Los Cerrajones, el joven comenzó a vomitar sangre y hasta defecaba con sangre, estaba tan hinchado que no podía caminar no se valía por sí solo, detalla su tía Ana Milexa Uranga. En vista que nadie quería hacerse responsable comenzaron a permitir que se quedaran con él para que lo atendieran.

Para Ana Milexa, esos días fueron de agonía, “los policías pedían de todo: agua para bañarlo, jabón, cloro, todo querían y nos turnábamos entre mi hermana y yo, ya no permitían que más nadie lo atendiera”.

Denuncian las mujeres que no todos los policías las trataron mal, pero había un hombre de apellido Freitez que aunque veía las condiciones de Yorvi no se apiadaba y aún cuando estaba hinchado lo esposaba, “él decía que durante su guardia mi hijo iba a estar esposado”. A la misma vez explica la señora Saida que una vez que entraban en el cuarto donde estaba Yorbi “quedábamos presas con él, nos encerraban con una cadena”, el sitio no guardaba las mínimas condiciones porque estaba a un lado de una bloquera y un deposito donde los zancudos rondaban y no contaban con un baño para que las mujeres hicieran sus necesidades.

En ocasiones la situación del transporte hacían que llegaran tarde a recibir la guardia de la hermana y los pocos momentos que lo dejaban solo lo conseguían vomitado por lo que debían asearlo y limpiar el sitio.

El jueves 16 de mayo le llegó el tan ansiado informe a la familia de Yorbi, el mismo era para conseguir su ayuda humanitaria, ese mismo día un cristiano evangélico prestó su camioneta para trasladarlo a los tribunales y que lo viera el médico forense, lo buscaron, pidió que lo subieran, pero no podían lo tuvo que ver en el carro.

¿Donde compraron esto? Fue lo primero que preguntó el doctor a la señora Ana Milexa, pensando que el informe era falso, ese día pasaron otras documentaciones que las pidió antes de la 1 de la tarde del viernes, porque de lo contrario lo enviaría a Uribana.

“Cuando una persona está convaleciente tiene que darle fe y esperanza, darle amor, como le va a decir ese doctor que lo va a dejar pegado”, indica Ana Milexa y confiesa que su sobrino a raíz de eso se entregó dijo que prefería morir.

El viernes 18 de mayo los cristianos evangélicos fueron a la comisaría a impartir la palabra, ese día dijo aceptar a Cristo y pidió que le cantaran, al siguiente día llamó a su casa habló con su abuela, le echaron la bendición, su hermana y su hermano Jhon, quien le pidió que no se entregara a la muerte, que luchara por su vida. Esos tres días la señora Saida estuvo pasando las noches con él, pero la peor fue la madrugada del domingo 20 de mayo, convulsionó al menos cinco veces, “yo le daba con una cuchara a la puerta que estaba encadenada, él me decía que gritara, pero no me abrían. En la mañana cuando despierto lo veo con la mirada fija y le preguntó qué le pasa, las lágrimas corrían por su rostro, lo limpiaban y volvían a salir. Me di cuenta que estaba mal”, comenta Saida.

Cuando la policía le abrió la puerta preguntaron por su estado y lo vieron mal, se comenzaron a preocupar por él, debían sacarlo. La señora se fue pero en su lugar a horas de mediodía del domingo llegó la tía Ana Milexa. “Estaba esperando que yo llegara allí fue que entró en shock. Sacaron a dos presos  para que le oraran, yo tenía fe que iba a aguantar, nuevamente convulsionó. Estábamos ubicando un carro para sacarlo al ambulatorio que está a menos de 200 metros, porque en esa comisaría nunca hay patrulla y una ambulancia nos cobraba 11 millones, conseguimos a un conocido que nos cobró 800 mil bolívares”. Al menos dos horas tardaron para sacarlo de la comisaría al ambulatorio que está a dos cuadras y al ser recibido en el centro asistencial, indicaron que debían remitirlo de inmediato al Hospital Central Antonio María Pineda, le prestaron un respirador artificial, era manual por lo que entre tres familiares se turnaban.

El Fiscal 13 con competencia en Asuntos Penitenciarios fue quien abogó para que fuera recibido en el principal centro asistencial, allí lo atendieron pero el doctor fue muy claro estaba mal e iba a morir. Al menos diez horas pasaron dándole respiración artificial y a las 10:52 de la noche del domingo 20 de mayo, decidieron ya dejar de suministrar la respiración que era lo único que lo mantenía, pues el resto de sus órganos y cerebro habían dejado de responder.

“Esto es muy doloroso, nosotros no queremos que otras madres sufran lo que nosotros sufrimos, queremos que Yorbi y su historia sirvan como un canal humanitario para todos aquellos que están en las mismas condiciones porque son muchos”, comenta Ana Milexa. Su hermano Jhon pide que se les hagan las pruebas a todos los internos para que se tomen previsiones en cuanto a esta enfermedad que si ha sido tratada a tiempo se pueden salvar.

El lunes 21 de mayo, un día después de su muerte a Yorbi le llegó su boleta de excarcelación, era su libertad plena obtenida a través de una medida humanitaria, misma que ya no vale porque está sin vida, se murió esperándola.

“Hoy está en un sitio donde no existe la maldad, no hay dolor, se libro por completo de ello, ahora está libre”, culmina Ana Milexa.

Cactus24 (25/05/2018).

 

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