Josefina y Albérica, por favor, altruista y comedia no son malas palabras

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En la Paraguaná de principios del siglo pasado existían pocas escuelas y la gente llegaba a formarse con lo que escuchaba. En este escenario, el abuelo Don Filinto Sierraalta, después de entonar una canción acompañándose de su inseparable cuatro como para darle vida a sus ojos muertos, con la pausa y los gestos del mejor cuentacuentos, me relató que muy cerca de su pequeño hato El Estanquecito vivían dos comadres, que todo el tiempo estaban peleando; cualquier tontería era motivo para un zafarrancho; expresando, que  a estas mujeres, llamadas Josefina y Albérica, no les interesaba el significado de las palabras; de pronto, alguna expresión que escuchaban  en alguna conversación la incorporaban a su repertorio, así, en una oportunidad cuando una cabra de Albérica se metió en la casa de Josefina, ardió Troya y, se formó una trifulca.
 
Durante toda la mañana se increparon toda suerte de improperios y, en la tarde, Albérica apeló a un último recurso y le gritó a su contrincante: 
 
– Mira Josefina, por último, tú lo que eres es una gran comedida, oíste, comedida por todos lados.
 
– Comedida será la más vieja de tu casa, refutó Josefina vuelta una fiera.
 
–  Sí eres comedida –prosiguió Albérica- comedida y altruista por si fuera poco.
 
Al oír Josefina esta palabra desconocida pensó que era el arma mortal que había guardado su comadre para rematarla y se le abalanzó con un garrote de guayacán en alto y le gritó:
 
-Ay Albérica, como tu me vuelvas a llamar altruista y eso de comedida te mato. 
 
Al siguiente día, cuando los ánimos estaban serenos, Don Filinto buscando pacificar la guerrilla, visitó a sus vecinas y les dijo: Albérica y Josefina, por favor, altruista y comedida no son malas palabras para que ustedes se pongan furiosas. 
 
El hato El Estanquecito despareció quedando algunos restos de casas destruidas y es posible que estas hayan sido de las peleonas.  Si algún crédulo pasa por allí en una noche oscura y conoce la historia, quizás afirme más adelante: “por allí sentí como una voces de mujeres que peleaban y se decían de todo, ¡Ave María Purísima!
 
Freddys Romero Sierraalta

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